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Aunque no es un fenómeno nuevo, la proliferación de los bloqueadores de anuncios (esos “plugins” que se pueden instalar en los navegadores) puede llegar a convertirse en una auténtica catástrofe para muchos sitios web, al menos para los que viven de los ingresos generados a través de los banners de campañas o redes publicitarias. El funcionamiento de estos pequeños programas es sencillo: el usuario no verá ningún tipo de publicidad en su navegador. La consecuencia inevitable para muchos sitios web: pérdida de ingresos proporcional al número de sus visitantes que tengan instalados los bloqueadores.
La razón principal de la existencia de los bloqueadores es evitar el incordio que suponen muchos anuncios que pululan por la red: los que cubren toda la pantalla e impiden durante unos segundos el ver el contenido, los que activan automáticamente el audio -especialmente engorroso cuando uno se olvida de apagar el sonido en la oficina- o los que se expanden sin interacción alguna por parte del navegante. El problema es que pagan justos por pecadores: toda la publicidad será bloqueada salvo que el visitante aplique filtros para determinados sitios web. ¿Qué porcentaje de usuarios realizan esta ingrata labor de ir exceptuando sitios de la regla general? Muy pocos.
La mera existencia de estos bloqueadores debería ser incentivo suficiente para que los sitios web fuesen más cuidadosos con la publicidad que integran en su diseño. El no molestar al usuario y el ofrecer campañas publicitarias acordes con el contenido y útiles para el usuario debería estar siempre por encima del conseguir ingresos a corto plazo.
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